Amable Arbolito

Te voy a contar una historia sencilla.

Todo transcurre en un huerto. En él, los árboles se pierden en la lejanía.

Es un lugar magnífico, repleto de grandes y frondosos árboles. Con una leve mirada podrás ver la multitud majestuosa que conforma ese verde paisaje.

Unos son árboles frutales y dan unos frutos exquisitos. Otros, proporcionan una sombra estupenda. Y los demás, dan cobijo! Te puedes refugiar en su interior y sus ramas te protegen con firmeza.

Realmente no se que hace aquí ese pequeño árbol – dijo el gran nogal rompiendo el silencio de la mañana.

¿Qué árbol? ¿a cuál te refieres?  – la encina respondió.

 – Pues ese, el bajito que está a tu izquierda. El que vino de tierras sureñas.

–  No logro verlo – contestó la encina mientras buscaba con la mirada – Ah! ese! ¿Te puedes creer que no sabía que se encontraba ahí?  Y dime, ¿qué tipo de árbol es? ¿Es un árbol frutal?

No lo sé. Llevo observándolo un tiempo y frutos, no tiene – dijo el orgulloso Nogal con su voz profunda y ronca. Waaaaafffhh! Es un pobre árbol. Y tan pequeño… No da ni la mitad de sombra que doy yo!

 

 arbolito.jpg

El tiempo transcurrió y ese pequeño árbol siguió allí. Superó duros inviernos, desafió a la nieve y aguantó estoicamente los fuertes rayos del sol. Soportó las más duras pruebas, sin perder su aspecto de “arbolito”.

Ya que era de una especie bajita, sus ramas no eran muy largas. Al contrario, eran cortas, pero ¡muy robustas! Se encontraba repleto de hojas, unas hojitas de un verde especialmente intenso. Para él,  no producir jugosos frutos o no dar una fresca sombra, no suponía problema alguno. Pues lo que más le gustaba era dibujar estelas de luz mientras jugaba con las mariposas de colores que solian ir a volar entre sus ramas. Le resultaba la mar de entretenido, intentar rozarlas con sus hojas, para hacerles cosquillas. Por lo que – nuestro árbol – no reparaba en grandes cosas.  Y así fue como nunca intentó convertirse en un árbol solemne e impetuoso.

Un día oscuro de tormenta – que todos recordaremos – sucedió lo inimaginable.

Se empezaron a caer las hojas de nuestro alegre árbol. Caían tan despacito, que ni hacían ruido al llegar al suelo. Mientras, seguía intentando rozar las alas de sus mariposas de colores. Cada vez le era más difícil, pero no perdía las ganas de jugar y con la ilusión de siempre, prosiguió intentando hacer estelas en el aire día tras día.

Fue así, como llamó la atención de todos sus compañeros árboles.

– Es admirable como aquel arbolito sigue queriendo jugar con las mariposas – comentaban los demás.

Pasado un tiempo, nuestro pequeñín ya casi no tenía hojas. Se estaba debilitando tanto, que ahora eran las propias mariposas las que se acercaban a él y le hacían suaves cosquillas en sus delgadas ramas. Se podía observar lo tristes que estaban. Ya no eran las mismas. El color de sus alas se iba apagando y dejaron de ser brillantes y juguetonas.

El pequeño y delgado árbol, las vio tan preocupadas que intentó darles ánimo. Les decía que se encontraba bien, que la vida era amable.

Llegó un día en el que ya no revoloteaban por el huerto. Sus movimientos eran mecánicos, sin luz, sin brillo. Esos colores que siempre habían tenido, desaparecieron. Ahora eran de un color marrón muy raro que parecía gris.

No hubo solución. Las mariposas y nuestro árbol no volvieron a jugar como antes lo hacían. El pequeño arbolito, en un día de primavera se quedó definitivamente sin hojas  y murió.

Esta historia me la contó una mariposa que conoció y jugó con nuestro árbol, hace mucho, mucho tiempo.

Y de repente sucedió algo tan maravilloso, que no sé ni cómo contarlo.

La mariposa – mientras me relataba este triste cuento – empezó a vigorizarse. Sus ojos comenzaron a agrandarse y a brillar, comenzó a realizar movimientos cada vez más ágiles, sus colores aumentaban de intensidad a medida que recordaba a su querido amigo.

color

(Ese viejo árbol, tan juguetón y simpático. Tan amable…!)

Y si algún día te acercas por los alrededores, observa como todas esas mariposas que un día estaban tristes y grises, son ahora unas lindas mariposas, de tantos colores como puedas imaginar. Con más intensidad de la que tuvieron en tiempos mejores.

Ellas saben a qué se debe. Tuvieron por amigo a un gran árbol. De los más grandes que han existido. Les hizo un regalo de incalculable valor.

Nuestro protagonista pervive, en los corazones de todas aquellas mariposas que un día jugaron con él. Para siempre, contentas en su huerto.

Si vas a visitarlas, estarán deseosas de contarte su historia.

La Gran Historia de ese árbol bajito.

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